01 enero 2019

MEMENTO MORI




El ser humano está abocado, por su inquietud espiritual, a cuestionarse por el fundamento último de lo real y por la razón que lo impulsa a existir.

Por este motivo y a lo largo de la historia, los hombres han expresado en diferentes soportes literarios, escultóricos y pictóricos, su propio canto a la fragilidad humana, la banalidad de los placeres mundanos y lo insustancial que resulta todo ante la muerte.

Empezando por los tiempos bíblicos donde se declara el célebre "Vanidad de vanidades" del Eclesiastés (Vanitas vanitatum omnia vanitas), pasando por el "memento mori" (recuerda que has de morir) de la Antigua Roma y posteriormente hasta el barroco con las "vanitas" (todo en vano), que no alude a la noción de orgullo o arrogancia sino más bien a lo ilusorio de la vida y al sinsentido de las posesiones mundana.


La modalidad de las "vanitas", en auge en el barroco influida por el relativismo cartesiano, adopta gran variedad de simbolismo para ornamentar la necesidad de expresar ese vacío existencial: fruta madura, hojas marchitas o relojes como alegoría del paso del tiempo, insectos y podredumbre para indicar la descomposición del cuerpo, cofres de dinero y joyas como símbolo de lo insustancial de los bienes materiales, etc.

Pero el detalle que casi siempre revela la presencia de una escena de "vanitas” es la aparición de un cráneo humano.

Vinculada al "memento mori" de los romanos, la calavera advierte de la fragilidad y fugacidad del ser humano tras el paso del tiempo. Tertuliano, en su Apologético, relata que cuando volvía triunfante un cónsul a Roma, había la costumbre de designar un siervo que le acompañara y cuya misión era sujetar la corona de laurel sobre la cabeza del vencedor mientras le susurraba al oído la frase "recuerda que has de morir", como advertencia que debía comportarse como un hombre, no como un dios, y recordarle que la muerte, que es igualitaria y niveladora, corta con su guadaña todos los privilegios de jerarquía y de fortuna pues, ante ella, el más rico sólo tiene una mortaja.



El cráneo simboliza el verdadero rostro del espectador: "mírate bien en mi, pues soy tu espejo".

Así pues, la presencia de una calavera en la expresión artística indica el “memento mori” o "vanitas", fórmulas ambas que te recuerdan que eres mortal y que inducen a experimentar el desengaño de este mundo o llamado también, fin de la ilusión. 


Virtud sin prudencia es virtud vana

Considerada la Prudencia como la virtud adecuada para descubrir el engaño del mundo, no es por casualidad que el cráneo sea también uno de sus atributos. 


Conocida también como sabiduría práctica o entendimiento, Aristóteles elevó la prudencia al rango de virtud intelectual, argumentando que es su sabia deliberación la que permite distinguir y diferenciar lo bueno de lo malo.

Concepto que tanto Cicerón como Séneca adoptaron: la Prudencia «consiste en el conocimiento, de las cosas buenas, de las cosas malas, y de las cosas que no son ni buenas ni malas» (Cicerón. nat. deor. 3, 138)

Ovidio en sus Fastos (Ov. fast. 1, 89-144) hace referencia a ese tipo de conocimiento a partir de la imagen literaria del dios Jano, cuyo doble rostro le permite observar simultáneamente la entrada (nacimiento) y la salida (muerte), capacidad vinculada también a Hécate, la diosa de triple faz que guarda las encrucijadas de tres caminos, capaz de visualizar las tres fases del tiempo con la sabiduría que ello le comporta, aspectos ambos, que posteriormente heredará la imagen de la prudencia. (2)

Prudencia, Arca di Sant’Agostino a Pavias. XIV
Por tanto, mediante sus diversos rostros y ojos, la prudencia tiene la facultad de conocer los tres estados del tiempo tomando el recuerdo de lo pasado (memoria) para aplicar en el presente (inteligencia) según lo que prevé pasará en el futuro (providencia).

"La Prudencia prevé cuánto puede prever, observa y aleja de ti, mucho antes de que suceda, todo cuanto pueda perjudicarte" (Séneca. epist. 98, 7).

Lo mismo, aunque con más retórica, expone la Iglesia Católica: "es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo" ( Catecismo, 1806).

En definitiva, la prudencia es tener un sano juicio para saber utilizar la medida justa y recta en cada acción. 


Sin duda, sus cualidades se equiparan a la sabiduría ofrecida por los célebres aforismos griegos que persisten en la moderación, "nada en demasía", y en el autoconocimiento, "conócete a ti mismo". Conocerse a sí mismo supone adquirir lucidez sobre tu propia naturaleza y las limitaciones a las que está sujeta.

Y es aquí donde la alegoría de la calavera adquiere sentido como atributo de la prudencia, pues desde el presente el hombre mira al pasado para darse cuenta que su futuro es perecedero, mortal, en definitiva, una calavera. 


Posiblemente, la mejor forma de representar este relevante concepto para conseguir tomar conciencia de ello, es impresionar al personal mostrando aquel que será su rostro tras la muerte, que iguala y arrastra en su ronda a todos los seres humanos sean quienes fueren, sin tener en cuenta su edad y sin considerar su condición social.

Dentro de la diversidad de atributos variables para una misma alegoría y, en contraposición al barroco que mientras más elementos se incluyan en la representación mucho mejor, no fue así en el románico, que buscaba especificar con un mínimo simbolismo la máxima información posible.



Así encontramos un ejemplo en el llamado "cráneo de Adán", a los pies de Cristo crucificado, imagen compendio de diferentes teorías pero que convergen todas, de algún u otro modo, en la presencia y significado de la muerte.

O en la llamada "mujer con calavera" del tímpano de Platerías en Santiago de Compostela, esculpida por uno de los talleres más celebrados del románico, cuya capacidad artística a la hora de representar supera todas las expectativas de sus contemporáneos. En este caso, una hierática mujer con vestimenta grecorromana, permanece sedente en un insigne sitial sosteniendo sobre su regazo un cráneo humano al que señala con su dedo índice.



Y aquí la tenemos, expulsada de su contexto original y recluida en un puzzle de tallas sobrevivientes. Esta magna mujer que señala en su regazo un cráneo humano, hace tiempo que fue despojada de su ambiente y ubicada en un entorno hostil.

Otras gentes, otros tiempos y otros vacuos conocimientos le han otorgado una reputación diferente. Desposeída de su estatus de dignidad es ahora una transgresora, una  mujer adúltera que mortificada en su castigo debe besar diariamente la calavera de su amante.

Paradójicamente, esa docta prudencia que velaba por mantener nuestro entendimiento sano junto a la pureza de nuestra alma, esa reveladora vanitas que en tiempos de sus creadores señalaba con su dedo el inexorable final de nuestros efímeros desvelos, ha experimentado aquello que tanto insiste en avisar, la insustancialidad de los honores, el menosprecio del mundo y la certeza de su muerte.


Magdalena de Francesco Furini s.XVI
Desprovista de su sana virtud, el mismo paso del tiempo ha mudado los símbolos de la prudente vanitas hacia otro receptáculo religioso; concretamente a un personaje bíblico asimilado desde siempre por la Iglesia al pecado, a la vanidad pero también a la salvación, la figura de la Magdalena penitente.

Sin duda, es la escena del momento presente, cuando Magdalena contemplando su futuro en la calavera, vislumbra lo vano de la vida pasada y comprende que su salvación futura recae en la decisión que ponga en marcha en el ahora. Prudentemente, la figura de la Magdalena, nos exhorta a estar preparados en todo momento para comparecer ante Dios quien, el día del Juicio, pedirá rendir cuentas de nuestros actos.


"Mírate bien en mi, pues soy tu espejo."


Salud y románico

1 comentario:

VEDA dijo...

Los símbolos permaneciendo y mutando, dominados por la mano hegemónica del instante, que es una corriente de dominación breve, y pronto se convierte en nueva calavera ante la expectativa del siguiente ropaje...
FELIZ AÑO DE CORAZÓN

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