Reciba nuestra admiración perpetua la maestría de un imaginero cuya genialidad no es comprendida ahora, ni quizá lo fue en su momento, pero que aún hace vibrar nuestra alma al contemplar los retazos de su enigmática obra.
La enseñanza que el desconocido maestro quería transmitir al esculpir estas tallas no es exclusiva, formaba parte de los conocimientos de una escuela y ésta era su forma de divulgar sus símbolos. Símbolos que con total seguridad se protegen a sí mismos de miradas deshonestas, llenos de enigmas y ambigüedades dejan perdidos en el laberinto a aquellos que quieren forzarlos sin el hilo de Ariadna.
Sin embargo, asentadas por el Maestro escultor, el conocimiento que velan estas figuras debe ser sumamente simple, para nada complicado, lo que pasa es que somos nosotros los que no tenemos una mirada simple.
A saber: en simbología teúrgica, una serpiente que habla es un oráculo. Los griegos y romanos los conocían, creían en ellos y los consultaban. Y eran las Sibilas, aquellas sacerdotisas con el don de la profecía, mujeres inspiradas por Apolo, quienes por distintas regiones el Mediterráneo lo vaticinaban.
Pero no estamos hablando de un maestro pagano sino de alguien que trabajaba bajo las directrices de una Orden monástica, en el caso de la Catedral de Jaca se trataba de agustinos que se regían por la Regla de San Agustín y a la que su fundador había incluido el estudio de autores clásicos en las bibliotecas de sus conventos para la educación gramatical y humanística de sus miembros, pues él mismo reconocía que su elocuente retórica y su arte de convencer provenía de la lectura de los textos de la antigua Roma.
Tras su conversión, San Agustín pensó que ese saber de los paganos era útil para la Iglesia. Un pensar que se refleja en el trabajo de estos escultores al aplicar la simbología pagana a favor de la doctrina cristiana. Algo parecido a lo que hicieron los escritores cristianos de los primeros siglos, que recopilaban y modificaban los textos paganos para encajarlos con sus dogmas y validar, de esta forma, su fe ante los romanos.
Así se obtuvieron, entre otros textos apócrifos, los Oráculos Sibilinos, una colección de 14 libros versados, que mezclan la mitología pagana, el judaísmo helenístico y el cristianismo primitivo para atacar la idolatría, defender el monoteísmo y profetizar la caída de los imperios opresores y la llegada de una era mesiánica. Estos textos, al igual que los evangelios apócrifos, fueron una inagotable fuente de inspiración para escritores y artistas cristianos del momento.
En el Libro I de estos oráculos y mediante una fusión única entre el relato del Génesis bíblico y el mito griego de las Edades del hombre de Hesíodo, se relata los inicios de la estirpe humana, el jardín del Edén y la decadencia de las primeras generaciones humanas, todo siguiendo conforme al relato del Génesis. Al final de la última Edad, en la sección final del libro, se interrumpe la cronología antigua para profetizar la venida del Mesías que culmina con un Juicio Final, el fin de las penurias y la paz universal.
Virgilio, al que San Agustín consideraba el más grande de los poetas, hace en su inmortal obra de la Eneida una sobrecogedora descripción de la consultación tradicional del oráculo de Delfos efectuado por Eneas a la Sibila en Cumas, bajo los auspicios del gran dios Apolo y de la arcaica divinidad femenina representada por una enorme serpiente pitón.
Rescatando el valor formal, lógico y literario de estos autores clásicos y siguiendo la pauta de los oráculos sibilinos que fusionan paganismo con cristianismo, nuestro genial escultor ha creado una sugestiva escena conciliando la imagen icónica de nuestros primeros padres en el Jardín del Edén, con la de sacerdotisa y consultante en el oráculo de Delfos, pues a nadie se le escapa que el Jardín del Edén, al igual que Delfos, era el templo que la serpiente custodiaba.
Ajustando sobre el pecho de la mujer atributos fecundos de la naturaleza, que evocan a las cestas de frutos que portaban las muchachas casaderas o el collar de higos secos que lucían como señal de su fertilidad y preparación para el matrimonio, lo cual no era simplemente una unión romántica sino una institución sagrada y estratégica. Por ello, las consultas de los jóvenes varones sobre este tema, solían estar enfocadas sí una unión específica traería prosperidad a su ciudad o descendencia masculina legítima.
Si obtenían el favor del dios, los fieles solían agradecérselo con exvotos y ofrendas.
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| Palomas y avecilla, como ofrendas para el templo |
De ahí que, en esta la talla esculpida, el rito oracular se ha cristianizado al atribuirle la cesta oblativa del avecilla, pues a similitud de los dos pichones que José llevó al Templo de Jerusalén como rescate de purificación para su primogénito, el maestro escultor, como buen apologista, ha puesto en valor el sincretismo religioso entre Apolo y Cristo para indicar, con la ofrenda de esa ave, la alusión a lo profetizado en los Oráculos Sibilinos, la llegada del Mesías que restituirá la Edad de Oro descrita por Hesíodo, que es una de las esperanzas más antiguas y compartidas por las tradiciones abrahámicas para lograr la paz y la armonía universal.
También para Virgilio los oráculos de las sibilas representan el vehículo primordial de la voluntad divina. La gran influencia que sus obras ejercieron sobre San Agustín hizo que el estudio de sus textos formasen parte de la tradición intelectual de los agustinos que veían en él a un gran referente cultural y literario.
En sus célebres Bucólicas, Virgilio se inspiró en los oráculos de la Sibila de Cumas y su vaticinio le dio base para los hexámetros que componen su Égloga IV, donde se menciona el fin de una era para dar paso al nacimiento de un niño que traerá una nueva Edad de Oro al mundo. La interpretación mesiánica de estos versos hizo que se le considerara un vidente que había anunciado el nacimiento de Cristo.
Es más, junto a sus descripciones sobre el Tártaro y el Elíseo, en el libro VI de la Eneida donde explica rituales oscuros y el acceso al inframundo, lo convirtieron en toda una autoridad en temas escatológicos justificando su presencia en contextos de Infierno y Juicio Final.
Cuando el cristianismo comenzó a extenderse por el Imperio Romano, los versos de Virgilio ya se enseñaban en todas las escuelas de Occidente, su prestigio moral y literario era tan extraordinario que acabó erigiéndose como un simbolo del sabio maestro y de la razón. La doctrina cristiana lo equiparó a los profetas bíblicos, reinterpretando su obra y otorgándole el estatus de profeta del cristianismo.
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| La Sibila de Cumas, conocida también como Eritrea |
Según los antiguos escritos, ésta fue la sibila que anticipó tanto el nacimiento virginal como el Juicio Final, siendo una de las figuras paganas que los Padres de la Iglesia integraron en el arte y en la ceremonia litúrgica igualándola a los profetas bíblicos.
En efecto, sus supuestos vaticinios son la semilla literaria en la que se basa El Canto de la Sibila, el célebre drama litúrgico medieval, originalmente conocido en latín como Iudicii signum (Señal del Juicio), que forma parte de las celebraciones del ciclo de Navidad, que anuncia la llegada de Cristo y el Juicio Final vaticinando que tras el nacimiento del Salvador, el mundo llegará a su fin.
Su lúgubre canto empieza con una llamada de atención: "Audite quid dixerit Sibilla: Iudicii signum, tellus sudore madescet" (Oíd lo que dijo la Sibila: como señal del juicio la tierra se empapará de sudor). Y finaliza, nombrando el Ordo Prophetarum, un listado de profetas bíblicos y personajes paganos de la Antigüedad, que son invocados para anunciar y testificar sobre la llegada del Mesías y el dia del Juicio final.
En simbología apocalíptica, la palabra de Dios es representada por una espada, motivo por el cual encontramos representada a la sibila con una espada en vertical, símbolo del veredicto inapelable del Juicio Final que, según la interpretación cristiana, ella profetizó.
Y para respaldar y reforzar estas profecías, el maestro escultor ha recurrido al mensajero divino por excelencia de las tradiciones judeocristianas, el ángel Gabriel, encargado de interpretar visiones y anunciar eventos futuros, conocido por revelar los planes divinos a figuras bíblicas como Daniel, Zacarías y la Virgen María. El es el ángel vaticinador, el ángel de la Profecía.
Sabemos que uno de los atributos del Arcángel Gabriel es el lirio como anunciador de la encarnación de Cristo y también una trompeta como pregonero del Juicio Final, pero existen contextos específicos, sobre todo en el arte católico occidental, donde se ve alzando una espada en su mano derecha como portador de la palabra de Dios y heraldo en la Segunda Venida de Cristo y el Fin de los Tiempos. (Dan 9:20-27).
No queda duda del enfoque apocalíptico y mesiánico, que a través de Virgilio y los oráculos de la Sibila, nuestro admirado maestro concibió en este capitel para representar la Profecía que anuncia la llegada del Mesías y el Juicio Final del Fin de los Tiempos.
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| Ahuyentador de discordias, entre otras cosas |
Estamos ante un maestro escultor admirable, gran experto en crear belleza a través de la armonía, la proporción y el equilibrio, encajando a la perfección los componentes simbólicos de la cultura cristiana con los de la cultura pagana sin dejar nada al azar, separando cada escena del capitel con la ornamentación de rostros de figuras semi aterradoras, reflejo visual de sus credos fetichistas; convencido que, a modo de talismán, estas figuras pavorosas ahuyentaban el mal y protegían los espacios sagrados.
Tuvo que existir un diseño iconográfico completo acorde a su maestría que, lamentablemente, no ha llegado a nuestros días y que haría, actualmente, del desaparecido claustro de Jaca, una de las siete maravillas del mundo románico.
Y en esto estamos, asegurando que la identidad de las figuras esculpidas en este capitel del antiguo claustro de Jaca son la de Virgilio, la Sibila y el ángel Gabriel, con sus correspondientes atributos vaticinadores, profetizando la llegada del mesías y a la transformación total del mundo.
Haciendo énfasis en que Virgilio no había sido nunca identificado en éste capitel, es una satisfacción para nosotros haber podido restablecer la distinción que nuestro extraordinario maestro concibió para este personaje que ha trascendido los tiempos, el príncipe de los poetas, actualmente exiliado del ciclo románico de Jaca.
Y por muchos y muchos aplausos que reciban otras académicas versiones, ciertamente, el capitel está hablando.
Lo que pasa es que las palabras del oráculo son sibilinas, ambiguas y han de ser correctamente interpretadas.
De ahí, que este capitel incomprendido, exento, extraviado de su lugar de origen, actualmente atesorado en una urna en la iglesia de Santiago en Jaca, mostrando personajes helenísticos cuyos atributos evocan a los mismos dioses, sigue siendo motivo de tantas conjeturas y andares en círculo sobre sus símbolos, a los que intentan explicar mediante otros símbolos, inadecuados, y así sucesivamente, como los meandros laberínticos del cuerpo de la gran serpiente, evidenciando el oscurantismo del que nos tienen presos.
Para saber más y mejor:


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