Las Arpías, criaturas mitológicas cuyo nombre en griego antiguo podría traducirse como las que "vuelan y arrebatan", aparecen nombradas por primera vez en los relatos homéricos y se considera que son hermanas de la diosa Iris.
Por imperativo divino se dedicaban a amargar la existencia a cierto rey tracio que podía descubrir el futuro a los hombres, motivo por el cual los dioses le privaron de la vista permitiendo que las Harpías le quitasen la comida, por lo cual el desventurado Fineo siempre estaba hambriento. Finalmente Jasón junto a los hijos de Boreas, valiéndose de la astucia, consiguieron alejarlas.
Hesíodo las describe como mujeres aladas de hermosos cabellos que superan a los vientos y los pájaros en su rapidez de vuelo.
Como doncellas voladoras son emisarias del Hades al igual que su hermana Iris lo es del Olimpo. Son también raptoras de almas, función psicopompa que comparten con las Sirenas, con las que a veces se confunden y asimilan al ser figuradas de forma similar.
Homero menciona que portan a los malhechores y asesinos frente a las erinias, divinidades de la venganza y, por ello, las harpías también ejercen de instrumento de la justicia divina.
Sin embargo, los escritores posteriores no fueron muy benévolos con su descripción. En las Euménides de Esquilo, por ejemplo, se las detalla como criaturas feas, oscuras y repugnantes. Se las muestra como buitres hambrientos que vuelan en círculo sobre los animales moribundos.
Virgilio relata que "no hay monstruo más terrible que ellas, ni se levanta de las olas del Estige una peste y una cólera de los dioses más cruel. El rostro de estas aves es de doncella, las deyecciones de su vientre son repugnantes, sus manos corvas y su faz siempre lívida de hambre." (Eneida, III, 209).
Ariosto, siguiendo a Virgilio, se refiere también a su lividez, su aspecto macilento, sus garras curvas, su hedor; pero les añade un espanto más: la cola de serpiente.
Así pues, como todo, el imaginario y el mito va mudando a lo largo de la historia. Si en el folclore griego las Arpías podrían haber sido originalmente espíritus del viento representando las condiciones meteorológicas o las nubes tormentosas adversas para el mundo de la navegación antigua; aterrizaron en el románico simbolizando, por lo general, las bajas pasiones y el dolor producido por los remordimientos o sentimiento de culpa subsiguiente a la satisfacción de los vicios.
Solo Boreas, el viento del norte, las puede ahuyentar, pues la potencia de su gélido aliento es una clara alusión a la fuerza del soplo del Espíritu divino.
Por lo que quizá se debería replantear que aquellas representaciones románicas catalogadas como arpías pero cuyas patas carecen de garras (que son muchas), puede deberse a otra clase de concepto representativo.
Salud y románico
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