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21 junio 2010
02 enero 2010
Estrella errante
Desde siempre, las estrellas que titilan en el cielo en las noches claras despertaron el interés de todos los pueblos. Su significado ha sido manifestado en muchas civilizaciones como símbolo ancestral de extrema importancia. En un cielo sin nubes, el lucero más brillante era receptáculo de todas las miradas que a la bóveda celeste se dirigían.
En épocas arcaicas, la estrella como símbolo celeste era indicativo de la aparición de un futuro rey o emperador. En la creencia popular, el nacimiento de los grandes soberanos era precedido siempre por una estrella anunciadora. Por ello, la estrella es el símbolo por excelencia de la realeza y está unida no sólo al cielo sino también al poder terreno que los soberanos ejercen sobre la tierra. Así sucedía con los soberanos de Babilonia, Asiria o Roma.
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| Trío de "estrellas", las más brillantes del firmamento. |
También en Egipto se daba ese simbolismo, pues conocida por todos es la importancia vital que sus habitantes daban al desbordamiento del Nilo, cuyas aguas fertilizaban año tras año las tierras negras de su oasis fluvial, acontecimiento del que dependían sus vidas. Se sabe también que el inicio de dicha inundación era anunciado astronómicamente por la aparición en el este de la estrella conocida como Shotis (Sirio), estrella consagrada a la diosa Isis. Para ellos, ese era el momento del origen del mundo, cuando la gran diosa se elevaba por el horizonte.
Asimismo, en la cultura judía, la fiebre astrológica acerca del Mesías anunciado por una estrella, también tenía apoyo profético en sus textos sagrados: “una estrella sale de Jacob, un cetro surge de Israel;...." (Nm. 24, 17,19) y en Isaías : " Caminarán las naciones hacia la luz, los reyes hacia el fulgor de tu aurora" y en el Testamento (Leví, 18-3) " Su estrella se levantará como la de un rey". Así pues, la estrella debía aparecer cuando el Mesías naciera en Israel.
Este clima mesiánico ligado a la estrella, no cesaría con la aparición de éste, sino que el mismo jefe de guerra de los judíos contra los romanos, Simón Bar Kosiba, en el año 135, cambió su nombre por el de Bar Kokeba, cuyo significado es "hijo de la estrella”.
Y así fue que, como en asociación de creencias culturales, se sostuvo ya desde los primeros tiempos que el nacimiento de Jesús fue anunciado también por una estrella, pues si el modo de narrar el nacimiento de un héroe comportaba siempre algo de maravilla, la Estrella de Belén forma parte de lo maravilloso del Nacimiento de Jesús en el Evangelio de Mateo (Mt.27:11) “..vimos su estrella en el este"
Y en cuanto a forma de anunciarse o de manifestarse lo divino, la estrella es también el lugar de donde, precisamente, baja para reencarnarse la divinidad. De ahí lo frecuente en nuestra cultura de personificar la estrella de Belén sobre el pesebre transfiriendo sus rayos al Niño recién nacido.
Hablaríamos, pues, de dos formas distintas de manifestarse la estrella o mejor dicho, de dos estrellas diferentes. La primera sería la estrella que guía a los Magos, la que nos indica el camino a seguir y la que nos anuncia la inminente manifestación de la divinidad en nuestro mundo. Y la segunda, es la divinidad misma en el cielo y desde el cual baja a la tierra para corporificarse.
Al no haber atributos propios para definirlas es tarea complicada diferenciar una de otra por lo que es sumamente fácil quedarnos fijados en la primera y no reparar en la segunda que es mucho más importante. Así que intentaremos seguir unas pautas que nos ayuden a discernirlas.
Hemos visto en figuraciones e imágenes del románico gran variedad de estrellas y tanto las que guían como de las que presencian el nacimiento difieren en formas, tamaños y en número de puntas. Observaremos de forma especial las de seis y las de ocho puntas.
Así como en el Antiguo Egipto la aparición de la estrella Sirio anunciaba el inminente nacimiento del niño divino, Horus, hoy en día el planeta Venus, conocido por todos como la estrella matutina también es indicativo del despuntar del día e inminente nacimiento del astro Rey que nace en el este.
La propia letanía cristiana del rosario considera a la Virgen María Stella Matutina, el lucero del alba, Venus. Algo que no resulta extraño de entender si su estado de buena esperanza anuncia el cercano nacimiento del Hijo de Dios, el "Sol" de los cristianos.
Asimismo, en la cultura mesopotámica, Ishtar, diosa del cielo, también estaba asociada al planeta Venus como la estrella de la mañana y en las fronteras de Babilonia se la representa mediante un estrella de ocho puntas.
La aparición de la estrella también es un signo bien conocido en el trabajo alquímico. En códices antiguos que tratan sobre este arte pueden encontrarse diferentes imágenes en las que una estrella aparece en la redoma donde el adepto labora para conseguir la Gran Obra y cuya consecución, se equipará con el nacimiento del Niño divino en la caverna.
El proceso del trabajo alquímico, interior a la vez que práctico, imita, reproduce, la Natividad. La aparición durante el proceso de la estrella de Belén es indicadora que la unión del cielo y la tierra representados por dos triángulos superpuestos y formando una estrella de seis puntas, ha dado su fruto. La consecución de la Piedra Filosofal o "Infante Luminoso".
"es el signo de la unión y de la concordia, que es preciso saber realizar entre el fuego y el agua. Superpuestos los dos triángulos (el del Agua y el Fuego), se forma la Stella, (Compo Stella), el sello de Salomón (Sol-Om-On), la unión del cielo y la tierra". (Louis d'Estissac)
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"... y la estrella terrestre, antorcha oculta de nuestra Natividad, sera la marca probatoria de la unión del cielo y la tierra" (Fulcanelli- Moradas Filosofales)
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Así, la Stella Matutina, Venus, como primera aparición estrellada anuncia la inaplazable llegada del Sol o segunda estrella.
La estrella de ocho puntas es la Santa Naturaleza, el arte capaz de unir el cielo con la tierra para engendrar al Niño Divino y cuyo nacimiento visible es simbolizada por la segunda estrella, la de seis puntas.
Podría concluirse afirmando que las estrellas fijas del firmamento han sido usadas desde la antigüedad para la orientación nocturna en los viajes donde la orografía no desvela el rumbo a seguir. Sin embargo, en el caso de nuestra estrella, por su singular origen asociado a un fenómeno astronómico, por su excepcional “rareza” y por mostrarse como estrella errante en un firmamento lleno de estrellas alineadas se nos presenta como una guía privilegiada. Guía que conduce a los que creen en ella hacia una meta común. Un objetivo, sin duda, lleno de simbolismo donde el principal estandarte es el amor.
Si la astrología suponía que las estrellas y los planetas ejercían una influencia en el destino de las personas, nuestra estrella errante marca, en la historia y de una manera muy especial, el destino de nuestras vidas.
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03 noviembre 2009
* Anotaciones sobre la figura del Maiestas Domini de Taüll

El sentido sagrado del símbolo sólo puede ser percibido por quién tiene experiencia en lo sacro, pues es la concepción sagrada del cosmos lo que determina la significación de las imágenes y no al contrario. El símbolo, pues, expresa lo inenarrable.
Desde este punto de vista el Maiestas Domini no es sino la imagen de una Teofanía abierta, la visión entronizada de Dios. Un Cristo redentor pero también creador y ordenador del Cosmos. Es el Señor de la Creación, ordenador del tiempo y del espacio. El mundo en su último grado de manifestación
Pero como Él no pertenece al mundo aunque el mundo se encuentre en Él, se le representa dentro de una forma geométrica que constituye el espacio sagrado, la almendra mística o mandorla, lo que no es sino el aspecto no manifestado de lo Absoluto. El nimbo es atributo de Santidad. Distintivo asimismo de la Luz irradiada.
Y en el silencio y tinieblas del centro, la realidad se vuelve cosmoteándrica. EGO SUM.
Al bendecir muestra los dedos índice y corazón, que representan las dos naturalezas de Cristo, divina y humana o Él, como la concepción sagrada de la existencia, el símbolo del UNO que implica la paradoja de la coincidencia oppositorum, pues es, a la vez, inmovilidad y dinamismo, Realidad y Eternidad.
La mandorla o espacio sacro esta dividida en dos medidas, la superior o parte activa, donde interviene la voluntad de Dios (como plenitud del orden cósmico aparece el triangulo trinitario que sentencia la unidad de la trinidad e igualmente la división ternaria de la unidad) y la inferior o parte pasiva, donde se asienta la organización racional (cuadrado-perfección, cuatro puntos cardinales, los cuatro ríos del Edén, los cuatro evangelistas, los cuatro elementos de la creación universal)
Es el Axis mundi, el asiento del Creador, que permite la unión del Cielo y Tierra y que posibilita la Creación al manifestarse como Unidad y Ser.
La suma de los lados del triangulo y el cuadrado suman siete, el celebre septenario, número místico por excelencia y que se repite como ningún otro entre la simbología del espíritu (siete dones del Espíritu Santo, siete iglesias, siete sellos, siete días de la creación, etc).
En este caso queremos hacer énfasis en los siete primeros días del Génesis, que dan lugar al ciclo completo de la creación del mundo, la esfera, el microcosmos donde Cristo asienta los pies y donde el germen de la vida está latente.
Se trata de una "cosmostásis" global y eterna. El Alfa, principio de toda la vida manifiesta permanece en equilibrio con el omega final: el lugar oculto donde la vida se gesta. Su comprensión y equilibrio sólo se consigue a través de la omnipotencia de Dios, capaz de establecer y de reconciliar el principio y el fin.
Por otra parte y de forma curiosa, observamos que en la tradición cabalista judeocristiana, se dan unos singulares paralelismos conceptuales que parecen coincidir con ciertos esquemas de la imagen del Maiestas Domini de Taüll.
Según la cábala hebrea existen cuatro mundos o planos que van desde la pulsión de la idea divina hasta la materialización física de esa idea. Del más sutil al más denso, esos cuatro espacios, son conocidos como: Emanación, Creación, Formación y Acción.
Toda la concepción del universo pasa por esas cuatro fases, todo lo que vemos o sentimos tiene su origen en un destello que emana de Dios.
En cuanto al libro abierto que Cristo apoya en su rodilla y cuya leyenda proclama:“Yo soy la luz del Mundo”, nos lo indica bien claro, ÉL es la luz que permite que veamos entre tinieblas y que aporta la esperanza de salvación.
Por otra parte tampoco podemos dejar de observar que según la lectura hebrea la palabra LUZ tiene un concepto diferente. Su significado es “Almendra”. Percibiendo este término como la simiente o el hueso interior de los frutos que guarda el núcleo del árbol. (“El libro de Adán” de Carlos del Tilo).
Por tanto podríamos también leer: “Yo soy la semilla del Mundo”, entendiendo a Cristo como el germen o grano que abarca y protege en su interior el origen de la vida. Por algo se encuentra dentro de "Almendra Mística" cuya forma de hueso almendrado encierra la esencia de todo: al Maiestas mismo.
Queremos insistir en esta gama cromática puesto que se da la curiosa coincidencia que en el árbol de la vida cabalístico, compuesto por diez esferas o manifestaciones divinas, la segunda de ellas, llamada Sabiduria y la que de alguna manera podríamos comparar con la segunda persona de la Trinidad, el Hijo, se le atribuye una gama de colores que coinciden curiosamente con la vestiduras de Cristo, a saber: Azul puro, gris iridiscente y blanco moteado de rojo. ("Guía práctica Simbolismo Qabalísitico”, Gareth Knigth).
09 mayo 2009
13 febrero 2009
El sentido del humor, un don divino.
"Humor" es una palabra con muchos sentidos.
(Schopenhauer) |









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