"El señor cuyo oráculo está en Delfos no dice ni oculta,
sino indica por medio de signos" (Heráclito).
Reciba nuestra admiración perpetua la maestría de un imaginero cuyo arte no es comprendido ahora ni quizá lo fue totalmente en su momento, y que, a pesar de ello, provoca en nuestra adormecida alma un fuego que se aviva al contemplar su obra.
La enseñanza que el maestro escultor quería transmitir, no es exclusiva, formaba parte de los secretos de una escuela y esta era su forma de divulgar sus símbolos. Símbolos que con total seguridad se protegen a sí mismos de miradas deshonestas, llenos de enigmas y ambigüedades dejan perdidos en el laberinto a aquellos que quieren forzarlos sin el hilo de Ariadna.
De ahí, que este capitel incomprendido, exento, extraviado de su lugar de origen, actualmente atesorado en una urna en la iglesia de Santiago en Jaca, mostrando personajes helenísticos cuyos atributos evocan a los mismos dioses, haya sido motivo de tantas conjeturas y andares en círculo sobre sus símbolos, que se intentan explicar mediante otros símbolos, inadecuados, y así sucesivamente, como los meandros laberínticos del cuerpo de la gran serpiente, evidenciando la presuntuosa mediocridad en la que estamos presos.
A saber, en simbologia teúrgica, una serpiente que habla es un oráculo.
Los romanos y los griegos los conocían, creían en ellos y los consultaban. El más importante de ellos era el de Delfos, proferido por la sibila Pitia, una sacerdotisa de Apolo que entraba en trance en una cueva donde el dios mató a un ser serpentiforme llamado Pitón. Sus guardianas, las sacerdotisas de Artemis, versión femenina de Apolo, llevaban en una etapa de su iniciación un collar de higos secos que podría muy bien simular las múltiples mamas de la faceta fecunda de su diosa.
Percatémonos de que el nombre del monstruo, Pitón, y el de la sibila, Pitia o Pitonisa, indican que se trata del mismo personaje, que, en vez de pronunciar la voz de la tierra, profetiza con la voz de Apolo, la voz del cielo.
Apolo, como dios de la adivinación, la música y la luz, tenía aves consagradas que actuaban como atributos de su poder. La adivinación implicaba la observación de estas criaturas como auspicios, de esta forma, Apolo, bajo su apariencia, tenía la capacidad de comunicarse con su padre del cielo y transmitir a la sibila sus mensajes a los humanos.
Como sabemos, el ave es símbolo del alma, que queda vinculada a la vida terrenal mediante la mano que lo sujeta. Por ello, el Niño Cristo, también suele representarse sujetando un pájaro entre las manos, indicando su capacidad para conectar con su padre celestial.
El nombre de Sibila (en griego Sibylla), referia a una mujer anciana y sabia, que caía en estados de éxtasis religioso en los cuales respondía a las consultas mediante estrofas poéticas. Su palabra se consideraba dada por el mismo Dios.
Así, en el inicio del cristianismo, los oráculos sibilinos eran utilizados como vinculación religiosa para popularizar el credo entrante frente al de los otros pueblos. El encuentro entre el pensamiento greco-romano, y el del dios único cristiano, a veces coincidía. A este respecto hay que recordar como Plutarco en su tratado sobre la "E" de Delfos (enigmático símbolo inscrito en el frontispicio del templo) convierte a Apolo en el ser supremo, incluso en el dios único, incompatible con toda forma de politeísmo.
Para el cristianismo, lo más importante de estos círculos oraculares y teúrgicos, era indicar que el propio Dios cristiano inspiraba a la Sibila, al igual que hacía con Apolo para proclamar la auténtica verdad.
Pero en el curso de los acontecimientos la hostilidad se impondrá definitivamente en el campo profético, impidiendo que existiese otra verdad anunciada fuera de la verdad cristiana, insistiendo, en que las revelaciones bíblicas constituyen la única fuente oracular verdadera de salvación. Tras una larga lucha Apolo retrocede ante Cristo que acaba por consolidar su triunfo. Y con ello, la validez de los oráculos bíblicos frente a la de los paganos.
La Sibila, quizá es el único personaje pagano que resistió esta arremetida sin perder su identidad y que se le otorga una verídica retórica.
Los creyentes cristianos, asociaron sus oráculos (como la Égloga IV de Virgilio), con la venida de Cristo y el juicio final. Y en la liturgia católica, en el famoso himno medieval "Dies Irae", se considera la sibila igual a David como profetas, al afirmar: "palabra de David y de la Sibila", al referirse a la profecia sobre el fin del mundo y el Juicio Final, uniendo como los dos grandes testigos a la tradición bíblica con la pagana.
El poeta Virgilio hace en la Eneida una descripción sobrecogedora de la consulta que hace el príncipe Eneas a la Sibila de Cumas, presentando la consultación en la forma tradicional en que se consultaba el oráculo de Delfos, bajo los auspicios del gran dios Apolo y de la misteriosa y arcaica divinidad femenina que se representaba por una enorme serpiente pitón.
Conocido por todos es la tradición de Oriente que habla de la serpiente dormida, denominada kundalini, que tiene su sede en la base de la columna vertebral, que cuando es convenientemente despertada y enderezada produce la iluminación.
En palabras bíblicas es semejante a la serpiente que Moisés levantó en del desierto, cuya contemplación reparaba cualquier enfermedad producida por la picadura de las otras serpientes no enderezadas, las que se arrastran: "Hazte una serpiente abrasadora y ponla sobre un asta; y acontecerá que cuando todo el que sea mordido la mire, vivirá" (Números 21:8). "Como levantó Moisés la serpiente en el desierto, así también tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna". (Juan 3:14-30)
Un Conocimiento mayor siempre cura o elimina la toxicidad de cualquier otro conocimiento menor. Así debería ser. Lo malo es que las palabras del oráculo son sibilinas, ambiguas y deben ser correctamente interpretadas. Quizá por eso Adán cayó en la trampa.
No obstante, asentadas por el Maestro escultor, el conocimiento que velan estas figuras debe ser sumamente simple, para nada complicado, lo que pasa es que somos nosotros los que no tenemos una mirada simple.
Como afirma Julius Evola y cuya reflexión compartimos palabra por palabra: "de las formas más elevadas de la tradición contemplativa no queda casi nada. Su base ha quedado supeditada a un hipertrófico elemento litúrgico-devocional". Lamentablemente.
Así que mi más sincero deseo es que podáis, vosotros, encontrar a aquél que pueda y quiera daros ese don que os permitirá “leer” todas las imágenes de la Tradición.
El designio del dios celestial es corporificarse en la naturaleza física, darse un aspecto, ya que este pensamiento divino necesita de un cuerpo para estabilizarse en un lugar y poder hablar; de lo contrario, no es más que un pensamiento sin límite que ni habla, ni se manifiesta, ni se conoce. Y por avenencia, así debe hacer el hombre. Como el mismísimo dios Apolo sentenciaba mediante la inscripción en el frontispicio de su templo:
"Conócete a ti mismo"
Dicho de otro modo, la ley esencial, salvaje, instintiva y descontrolada de la naturaleza, debe ser acotada por otra naturaleza superior que la dome, la limite y le dé forma para que, interpretando los caracteres que la establecen pueda, a modo de libro escrito, recordarse, expresarse, definirse y reconocerse a sí misma.
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La naturaleza salvaje y la civilización La confluencia de la fe revelada (David) y la sabiduría profética de la antigüedad (Sibila) "testimonio de David y de la Sibila". |
"El que tiene oído, oiga lo que el oráculo-Espíritu dice a las Iglesias. Al vencedor le daré a comer del árbol de la vida y no sufrirá daño de la muerte segunda" (Ap., 2-7:11)
Conócete a ti mismo y tendrás la diosa alada de la Victoria, el ángel que imparte justicia y laurel. El dios de justicia y el dios de misericordia, los dos aspectos de Dios, al igual que los antiguos gemelos Apolo y Artemis, la noche y el dia, los dos que son lo mismo.