A Pedro,
experto en guiarnos
al mejor sitio y a la mejor mesa.
En la fachada occidental del templo burgalés de San Pedro de Tejada, sorprende la iconografía de la Última Cena, en bajo relieve sobre hueco del friso inferior, donde se presenta a Cristo sentado a la mesa con sólo dos de sus Apóstoles: Judas, a su derecha y Juan a su izquierda.
En la mesa, ausencia de carne, pese a la celebración que representa (la Pascua judía) y enfrentada por sendos peces que, de forma simétrica, aparecen mirando hacia dentro.
El pez no es elemento de la comida pascual y no se menciona en la Última Cena, pero sí que es un elemento ligado al judaísmo del Nuevo Testamento.
Parece ser que los cristianos asimilaron ese alimento con el mismo simbolismo que los judíos cuando comían la llamada "cena pura", de carácter sagrado, los viernes por la tarde, inaugurando el Sabat. Comían el pez como alimento especial, fino, con sentido escatológico y mesiánico como anticipación de la llegada del reino futuro. Es posible que de aquí derive la norma cristiana de comer pescado los viernes en un sentido penitencial que no tenía en el origen.
En el sentido escatológico puede tener relación con la victoria de Cristo sobre la muerte simbolizada por el Leviatán, misterioso habitante de los mares, ya que el pez en los primeros siglos del cristianismo tenía un sentido de vida nueva y estaba ligado a la resurrección, y no a la penitencia.
Lectura de la imagen:
A la derecha de Cristo y, en contra de la mayoría de las representaciones que solemos ver de la misma temática, aquí, curiosamente, Judas porta nimbo. Lo que le otorga una santidad actualmente no reconocida.
Sorprendentemente no es así en Juan, el "discípulo amado", que aparece reclinado, inactivo y dormido sobre el pecho del Señor en la Cena de despedida (Jn.13, 23-30). Reposando en el Señor, es el garante del evangelio, de la palabra nueva aún por manifestar (libro cerrado), donde apoya su mano izquierda como prolongación de la Voluntad sobre la que descansa (Jn.21-24)
Por su parte, Judas está firme, activo, despierto y, con todo el significado que ello conlleva, acepta el alimento que le ofrece Cristo mientras recoge el pez con su mano derecha, participando de la Cena y en plena interrelación consciente con el Maestro. Está preparado para la misión.
Tras la turbación, Jesús anuncia la entrega. ¿Quién será?, se interrogan los discípulos. Jesús da una contraseña:"a quien le remoje y dé un trozo de pan".
Lo que todos escuchan es la indicación:"lo que tienes que hacer, hazlo rápido", y se figuran que, como tesorero del grupo, se trata de compras para la fiesta o limosna para los pobres. Y, sin embargo, Judas sale de noche, un tiempo no apto para caminar (Jn. 13,30).
La composición artística es de sutil destreza, la combinación de los elementos hablan por sí mismos.
Al igual que los primeros esquemas cristianos de las catacumbas, hay dos visiones contrarias que se equilibran y complementan por un centro vertical, la sabiduría de lo que hay más allá de la letra. Es el espíritu que la vivifica.
Esta iconografía no es representación de un mero pasaje mutilado o simplificado de la Última Cena con el sentido de banquete bíblico porque, al "enfocar" todos esos precisos matices, el artista está incidiendo en la representación de un conocimiento de otra versión de la historia en la que se le otorga a Judas la aceptación no sólo de su propio destino, sino el papel que otro tiene asignado en él: "Judas era un instrumento de Dios: sabiendo que las potencias hostiles querían impedir la Pasión que iba a permitir la salvación de los hombres. Judas sólo traicionó a Cristo para servirlo" (Texto gnóstico).
"Tú serás el decimotercero, y serás maldito por generaciones, y vendrás para reinar sobre ellos" (página 47 del manuscrito).
Salud y románico
